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"LA ROSA DE GUADALUPE" - Hablar del suicidio también puede prevenirlo: recomendaciones de la OMS para una comunicación responsable y ética - CASO CELESTE -

Hablar del suicidio también puede prevenirlo: recomendaciones de la OMS para una comunicación responsable y ética


Dra. Alex Ibara


Hablar del suicidio no es, por sí mismo, peligroso. Hablar mal del suicidio sí puede serlo. Esta distinción resulta fundamental cuando pensamos en noticias, series de televisión, películas, documentales, redes sociales, podcasts y cualquier otro medio capaz de alcanzar a miles o incluso millones de personas. La Organización Mundial de la Salud reconoce desde hace años que los medios de comunicación pueden desempeñar un papel significativo tanto en la prevención como, involuntariamente, en el incremento del riesgo suicida. Por ello, una de las cuatro intervenciones centrales de su iniciativa internacional de prevención del suicidio, LIVE LIFE —“Vivir la vida”— consiste precisamente en promover una comunicación responsable sobre el fenómeno suicida.


El suicidio no tiene una sola causa

Uno de los errores más frecuentes en la representación mediática del suicidio consiste en construir una narrativa aparentemente sencilla:

“Terminó una relación y se suicidó”.

“Sufría bullying y se suicidó”.

“Perdió su empleo y se suicidó”.

“Fue víctima de violencia y se suicidó”


Aunque acontecimientos como la violencia, las pérdidas, la discriminación, los conflictos interpersonales, las enfermedades o las dificultades económicas pueden constituir factores de riesgo importantes, ninguna muerte por suicidio debería reducirse a una explicación unicausal. La conducta suicida es un fenómeno complejo y multifactorial en el que pueden interactuar factores psicológicos, sociales, familiares, culturales, económicos, médicos, biológicos y circunstanciales. La propia OMS subraya esta interacción de múltiples factores y advierte contra las explicaciones simplistas del suicidio.

Desde una perspectiva bioética, esta precisión importa.


Cuando presentamos el suicidio como consecuencia inevitable de un acontecimiento específico, no solamente estamos simplificando un fenómeno extremadamente complejo: podemos transmitir implícitamente a una persona vulnerable la idea de que, ante determinada circunstancia, morir constituye una consecuencia comprensible, esperable o incluso predestinada.

Y no lo es.


La forma en que contamos una historia importa (SIIIII, si importa!!!)

Existe evidencia de que determinadas formas de cobertura mediática de una muerte por suicidio pueden asociarse con incrementos posteriores de comportamientos suicidas, particularmente cuando existe amplia difusión, sensacionalismo, repetición excesiva, identificación intensa con la persona fallecida o descripción explícita del método utilizado. Este fenómeno suele relacionarse con lo que históricamente se ha denominado “efecto Werther”: la posibilidad de que ciertas representaciones del suicidio favorezcan conductas imitativas en personas vulnerables. Esto no significa que debamos guardar silencio. De hecho, esconder el suicidio puede contribuir al estigma, dificultar la búsqueda de ayuda y perpetuar mitos.

La pregunta éticamente adecuada no es:

“¿Debemos hablar del suicidio?”

La pregunta es:

“¿Cómo podemos hablar del suicidio de una manera que reduzca daño y aumente posibilidades de ayuda?”

¿Qué recomienda la OMS?

En su actualización de 2023 dirigida a profesionales de los medios de comunicación, la OMS propone una serie de principios de comunicación responsable.

Entre ellos destacan:

  • Evitar describir detalladamente el método utilizados

    • Los detalles técnicos no son necesarios para comprender una historia y pueden representar información potencialmente perjudicial para personas vulnerables.

  • Evitar mostrar imágenes explícitas del método, del lugar o de circunstancias que permitan reconstruirlo.

    • La prevención requiere preguntarnos no solamente qué información es verdadera, sino también qué información resulta verdaderamente necesaria.

  • No presentar el suicidio como consecuencia directa de un único acontecimiento.

    • Un divorcio, una discusión, una experiencia de violencia, un fracaso académico o una pérdida pueden formar parte del contexto, pero no explican por sí solos una conducta suicida.

  • Evitar el sensacionalismo.

    • Titulares dramáticos, imágenes impactantes, musicalización excesivamente emocional o expresiones que convierten el suicidio en espectáculo pueden incrementar la identificación emocional con el acto.

  • Evitar romantizar, glorificar o idealizar a la persona fallecida o su muerte.

    • La muerte no debe presentarse como un acto heroico, inevitable, bello, vengativo o capaz de resolver conflictos.

  • Ser especialmente cuidadosos cuando se informa sobre el suicidio de una persona famosa.

    • La identificación con figuras públicas puede amplificar los posibles efectos imitativos.

  • Respetar la privacidad y dignidad de las personas involucradas.

    • Esto incluye a la persona fallecida, familiares, sobrevivientes y comunidades afectadas.

  • Incluir información sobre dónde y cómo buscar ayuda.

    • Un contenido sobre suicidio debería aprovechar su alcance para ofrecer alternativas concretas: líneas de atención, servicios de salud, redes comunitarias y recomendaciones para solicitar apoyo.


Pero la recomendación más interesante quizá sea otra: contar historias de supervivencia

Durante muchos años, buena parte de las recomendaciones sobre medios se concentraron en señalar aquello que no debía hacerse. La actualización de la OMS de 2023 introduce con mayor énfasis otra posibilidad: utilizar los medios como herramientas activas de prevención. Existe evidencia creciente de que las historias que muestran a personas atravesando crisis suicidas y posteriormente encontrando alternativas, apoyo, tratamiento, vínculos y estrategias de afrontamiento pueden producir un efecto protector.

Este fenómeno es conocido como efecto Papageno.

No consiste en presentar finales artificialmente felices.

Consiste en mostrar algo mucho más importante:


que una crisis puede cambiar.


Una persona puede experimentar desesperanza intensa y posteriormente modificar su percepción.

  1. Puede pedir ayuda.

  2. Puede ser escuchada.

  3. Puede alejarse temporalmente de aquello que podría utilizar para hacerse daño.

  4. Puede recibir tratamiento.

  5. Puede reconstruir una relación.

  6. Puede encontrar nuevas redes.

  7. Puede sobrevivir a un momento en el que creía que no existían alternativas.

  8. Cuando los medios representan esas posibilidades, no solamente cuentan historias.

  9. También amplían el repertorio psicológico de quien las observa.



Hablar de suicidio no “siembra ideas”

Otro mito frecuente sostiene que preguntar directamente sobre pensamientos suicidas puede provocar el suicidio.

La OMS es clara: hablar abiertamente sobre suicidio no induce a una persona a suicidarse. Al contrario, puede disminuir ansiedad, facilitar que la persona se sienta comprendida y permitir encontrar alternativas o ganar tiempo durante una crisis.


Por eso podemos preguntar directamente:


“¿Has pensado en morir?”

“¿Has pensado en suicidarte?”

“¿Has pensado en hacerte daño?”


No necesitamos utilizar eufemismos.

Lo que necesitamos es aprender qué hacer después de escuchar la respuesta.


Una responsabilidad bioética

La comunicación sobre suicidio puede analizarse desde los principios clásicos de la bioética.

Desde la no maleficencia, debemos reducir contenidos capaces de incrementar innecesariamente el riesgo.

Desde la beneficencia, podemos utilizar los medios para promover ayuda, identificación temprana y esperanza realista.

Desde la autonomía, debemos proporcionar información suficiente para que una persona conozca alternativas diferentes a la conducta suicida.


Y desde la justicia, debemos garantizar que los mensajes preventivos contemplen también a poblaciones particularmente vulnerables: niñas, niños y adolescentes, personas víctimas de violencia, comunidades marginadas, personas con trastornos mentales, sobrevivientes de intentos suicidas y personas expuestas previamente al suicidio.

Aquí aparece una idea esencial:

La libertad de comunicar no elimina la responsabilidad sobre cómo comunicamos.


Cuando se trata de niñas, niños y adolescentes

El cuidado debe ser todavía mayor.

La OMS incluye el desarrollo de habilidades socioemocionales durante la adolescencia entre las intervenciones fundamentales para la prevención del suicidio.

Cuando una narrativa involucra violencia contra menores, abuso sexual, bullying, discriminación o violencia familiar, el contenido preventivo debería dejar explícito que:

La violencia nunca es responsabilidad de quien la recibe.

Contarlo no convierte a la víctima en culpable de las consecuencias.

Una persona adulta de confianza puede convertirse en parte de la protección.

Si la primera persona no escucha o no cree, es importante buscar otra.

La intervención temprana puede modificar radicalmente el curso de una crisis.

Una pequeña regla práctica para comunicadores

Antes de publicar cualquier contenido relacionado con suicidio podemos hacernos cinco preguntas:

¿Estoy explicando demasiado el método?

¿Estoy convirtiendo una tragedia en espectáculo?

¿Estoy atribuyendo el suicidio a una sola causa?

¿Estoy mostrando alguna posibilidad de afrontamiento, ayuda o recuperación?

¿Estoy diciendo claramente dónde puede buscar ayuda una persona que se identifique con esta historia?

Si las primeras tres respuestas son “sí” y las últimas dos son “no”, probablemente necesitamos replantear la manera en que estamos contando esa historia.

Del efecto Werther al efecto Papageno

Los medios pueden amplificar desesperanza.... SI... pero también pueden amplificar posibilidades de VIDA! ya que Una historia responsable sobre suicidio no necesita ocultar el sufrimiento ni convertirlo en un relato edulcorado.

  • Puede hablar de dolor.

  • Puede hablar de violencia.

  • Puede hablar de desesperación.

  • Puede hablar incluso de muerte.

  • Pero debería hacerlo sin enseñar cómo morir, sin convertir una muerte en una explicación sencilla y procurando siempre enseñar también que existen caminos para continuar viviendo.

Ese cambio aparentemente pequeño transforma por completo la ética de la comunicación.

Ya no preguntamos únicamente:

“¿Cómo contamos que alguien murió?”

Comenzamos a preguntarnos:

“¿Cómo contamos esta historia de manera que alguien que hoy está sufriendo pueda imaginar otra posibilidad?”

Esa quizá sea una de las responsabilidades más importantes de cualquier persona que comunica sobre conducta suicida.

Porque hablar responsablemente del suicidio no significa hablar menos, significa hablar mejor... Y, en algunos casos, hablar mejor también puede prevenir.

 
 
 

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